La tradición molinera de Villacelama es muy antigua, seguramente más de lo que conocemos hasta ahora. Sabemos que en el siglo XV el Almirante de Castilla donó a sus vasallos un molino sito en este término. Fue aquel seguramente el antecesor directo del molino que hoy se conserva, con sucesivas reformas y ampliaciones como era habitual en este tipo de instalaciones. En los siglos XVIII y XIX se describe el Molino de Villacelama con cinco ruedas, siendo por lo tanto un importante artefacto. Entrados en el siglo XX, Sor Florencia de San Agustín lo dona en 1905 a Ramón Pallarés, quien pronto lo vendió a Lucinio del Corral Flórez.

Una vez perdidas sus funciones de molienda o fabricación de luz eléctrica, sus actuales dueños lo mantienen con celo para evitar su ruina y conservar así un valioso testimonio de nuestro pasado.

 

Estructura y Servicios

El molino se yergue sobre una presa o cauce hidráulico cuyas aguas se derivaban del río Esla unos metros hacia el norte, continuando después por la presa de Rodrigo Abril y San Marcos la cual llegaba hasta Valencia de Don Juan y daba movimiento a muchos otros molinos a lo largo de unos 20 kilómetros. El agua se represaba en cada molino formando una balsa y, por medio de unas compuertas y unos saetines, se dirigía hacia los rodeznos, que eran unas ruedas horizontales con paletas o cucharas, los cuales giraban al recibir la energía del agua.

Los rodeznos o la turbina (en el caso de las fábricas de luz) se situaban en la planta inferior, llamada cárcavos por tener arquerías de piedra para resistir el paso del agua. Sobre ella, en la primera planta del molino de Villacelama existen dos bancadas dobles, donde se asientan las pesadas parejas de piedras que molían el cereal, cuatro en total, dos para moler trigo y obtener harina panificable, y las otras dos para piensos que servían de alimento ganadero.

Al mismo nivel pero en un espacio diferenciado se encontraba el generador de luz eléctrica, marca ASEA, que impulsado por la turbina daba alumbrado no solo al inmediato pueblo de Villacelama, sino que desde 1927 también a parte de Los Oteros: Rebollar, San Justo, Corbillos, Nava, Malillos, Gusendos y San Román.

En el piso superior se encontraba el cernido, un gran tambor entelado que tamizaba varios productos (harina, tercerilla, salvado…) encerrado en una estructura de madera. Toda la arquitectura del molino es un entramado de madera, piedra y adobe, construcción tradicional de gran belleza, enmarcada en un paisaje privilegiado: la frondosa ribera del Esla alejada del casco urbano de Villacelama.

Texto de Javier Revilla Casado.